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domingo, 9 de agosto de 2015

+ El buen samaritano +


¿Qué es lo que debo hacer para conseguir la vida eterna? Lc 10, 25

Queridos hermanos:
No nos extrañe que esta pregunta resuene en nuestro corazón. Es que está grabado en lo más profundo del corazón del hombre el deseo irrenunciable de ser feliz… Jesús pasa por alto la mala intención de este Doctor de la Ley, su intención de ponerlo a prueba, porque sabe que en el fondo esta pregunta subyace en toda búsqueda del hombre, en toda acción que emprendemos, en todo lo que hacemos… ¿Qué debo hacer para ser feliz? ¿Qué debo hacer para ser feliz eternamente?

Jesús, con pedagogía divina, le responde con otra pregunta para que partiendo de lo que sabe pueda abrirse a una respuesta más profunda, para que pueda abrirse a la revelación plena que está deseoso de anunciarle: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué te enseño Dios?… ¿Qué te enseñe? Jesús aprovecha la erudición de su interlocutor sabiendo que le responderá bien pero sabe también que, más o menos consiente, todos sabemos la respuesta porque El la grabo en lo más profundo de nuestro ser y de todo hombre. Es lo que dice Dios por boca de Moisés en la primera Lectura:

“Todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos” Deut 30, 14

Dios grabo indeleblemente en nuestra naturaleza la Ley Natural como una primera luz que nos guíe por el camino hacia la felicidad, por el camino hacia Dios. Pero Dios dio además al pueblo elegido esa ley en las tablas que recibió Moisés para que así, promulgada explícitamente, puedan mejor reconocer a Aquel que debía venir, para poder reconocer al Mesías cuando llegase. Y esa ley grabada en las tablas de Moisés y en las tablas del corazón de todo hombre dice a una voz:

Si quieres ser Feliz, ama a Dios, ama a tu prójimo.
Si quieres ser Feliz, ama a Dios sobre todas las cosas, no te hagas ninguna clase de ídolos en este mundo.
Si quieres ser Feliz, ama a Dios respetando su nombre sagrado.
Si quieres ser Feliz, ama a Dios alabándolo y celebrándolo.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo honrando a tu madre, a tu padre y a la familia.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo respetando su vida desde su concepción hasta su muerte natural.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo y a ti mismo no cometiendo ningún acto que te quite tu dignidad.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo respetando su bienes materiales y espirituales.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo y a ti mismo con la verdad, que la mentira no tenga nada que ver contigo ni con tu prójimo.
Si quieres ser Feliz, ama a tu prójimo y a ti mismo erradicando todo pensamiento que no sea puro, noble, virtuoso.
Si quieres ser Feliz, ama a Dios, ama a tu prójimo.

Ante la sencillez de la respuesta a una pregunta tan apremiante el Doctor de la Ley queda anonadado. ¡Ante la sencillez de la respuesta a una pregunta tan apremiante la humanidad entera queda perpleja! ¿Cómo? ¿Cómo no preguntar quien es nuestro prójimo? ¿Cómo no preguntar más a un Dios tan cercano?… ¡Oh Divino Maestro no calles, no te detengas sigue enseñándonos!

Reconocida la ignorancia, el Maestro se dispone a enseñar… Pero ante la sublimidad de las realidades sobrenaturales somos como niños que necesitan ser enseñados con imágenes simples, con parábolas: …“Jesús tomando la palabra dijo: Un hombre bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto”… Los Padres de la Iglesia, inspirados por el Espíritu Santo y siguiendo las enseñanzas que por la Tradición se remontan hasta el mismo Jesús, nos explican que en esta parábola se encuentra todo un compendio de la obra redentora del Verbo encarnado.

Los Padres nos enseñan que este hombre representa a Adán y a todo el género humano. Jerusalén, que significa ciudad de la paz, representa el paraíso, de cuya felicidad el hombre se había apartado. Jericó quiere decir luna, y significa nuestra mortalidad, porque la luna nace, crece, envejece y muere. Los ladrones son el demonio y sus ángeles que por el pecado original nos despojaron de la gracia e hirieron nuestra naturaleza. El sacerdote de la Antiguo Testamento y el levita representan a los sacrificios y a las leyes de la Antigua Alianza que no podían curarnos sino solo darnos esperanzas de que viniese alguien que pueda salvarnos… Y este extranjero Samaritano es el extranjero por antonomasia, Nuestro Señor Jesucristo, que nada tiene que ver con este mundo corrompido. El se hizo prójimo en este valle de lágrimas para llevarnos a la posada que es su Iglesia donde con la gracia de los sacramentos sana las heridas de nuestra naturaleza y nos recrea con su amistad sublime e incomparable. Por último, este buen posadero bien representa al vicario de Cristo, al papa, del cual recibimos la sana doctrina que nos devuelve la salud para esperar con Caridad ardiente el regreso del Señor en la Parusía.

De esta forma Dios, el Buen Samaritano, vino a sanarnos a nosotros heridos por el pecado, vino a elevarnos a la dignidad de su amistad, vino a enseñarnos a amar, vino a dar testimonio del amor a Dios y al prójimo. Jesús hoy, como en aquel tiempo al Doctor de la Ley, quiere enseñarnos que para heredar la vida eterna, es decir para comenzar a ser felices y serlo para siempre en el Cielo debemos vivir intensamente la virtud Teologal de la Caridad.

¿Cómo no hacernos prójimo del necesitado, si Dios se hizo prójimo nuestro hasta tal punto de que lo encontramos en cada prójimo? He aquí el misterio más profundo del prójimo: en él encontramos al mismo Jesús, al mismo Dios hecho hombre. A final de los tiempos dirá a los que fueron fieles a su amistad: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 34-40).

Queridos hermanos hoy más que nunca necesitamos de Jesús Buen samaritano que recoja a nuestra Patria postrada por ladones descarados. Nuestro obispo por un comunicado a toda la diócesis nos ha pedido a los sacerdotes que hablemos y pidamos oraciones a todos los fieles para que Dios libre a nuestra patria de estas leyes inicuas que se votaran el miércoles y que no respetan la familia ni los principios más básicos del hombre.

Hoy nuestros gobernantes y muchos de nuestros legisladores se asemejan a este Doctor de la Ley que por una mezcla de malicia e ignorancia ignoran lo más elemental de la ley. Hoy nuestros gobernantes y muchos de nuestros legisladores van, como los de la parábola, camino a Jericó, o peor aun, van camino a Sodoma y Gomorra. Hoy estos legisladores pretenden pasar de largo que el hombre esta herido, pretenden pasar por normal algo que es anormal. Estos legisladores intentan hacer oídos sordos de los gemidos de este hombre herido que en los así llamados países del primer mundo son estertores de agonizante. Estos legisladores bajo la falacia de respeto a las minorías y la no discriminación dejan no solo al hombre tirado al borde del camino, sino también sueltos a los ladrones del camino. Estos legisladores se han transformado en los ladrones de esta parábola y pretenden destruir toda la sociedad. Solo podremos ser buenos samaritanos en nuestra sociedad si sabemos reconocer al herido, si llamamos a cada cosa por su nombre, si las leyes son un fiel reflejo de la ley natural y de la ley de Dios. Hoy no solo la fe de la mayoría de los argentinos es agraviada sino también los principios más básicos del hombre, esa ley que todo ser humano lleva inscrita en su naturaleza y que todo hombre de buena voluntad puede oír.

Pidamos en este momento crítico de nuestra Patria a la Bienaventurada Virgen María que bendiga e ilumine a legisladores que votarán este miércoles para que no sean promulgadas leyes inicuas que destruyen lo más precioso de nuestra saciedad: la familia. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María para que nosotros movidos por un ardiente amor a Dios y al prójimo nos comprometamos con las necesidades de la sociedad de nuestro tiempo defendiendo con valentía la familia. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María que nos alcance la gracia de ser buenos samaritanos sirviendo a Dios en nuestros hermanos que sufren pregustando así la felicidad del Cielo en esta tierra.


Fray Guido Casillo OP

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Sierva de Dios Isabel de Castilla

 

 

26 de Noviembre
Fallecimiento de la Sierva de Dios Isabel de Castilla, llamada “la Católica”.

Oración atribuida a la reina:


“Tengo miedo, Señor,
de tener miedo
y no saber luchar.
Tengo miedo, Señor,
de tener miedo
y poderte negar.
Yo te pido, Señor,
que en Tu grandeza
no te olvides de mí;
y me des con Tu amor
la fortaleza
para morir por Ti."
Difundir su devoción.

Un malentendido fundamental sobre la Naturaleza de la Liturgia Católica

 

 

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Hoy en día hay católicos que podrían a veces sorprenderse por la apasionada convicción de las nuevas generaciones de católicos que están luchando por la causa de la Sagrada Liturgia. Es como si estuviéramos luchando por nuestras vidas, en una lucha hasta el final, contra nuestros enemigos mortales. La razón es simple: estamos haciendo exactamente eso. No es exagerado decir que hay circulando una visión fundamentalmente falsa, muy popular hoy en día, que se refleja en este párrafo del blog Whispers from the Loggia del 24 de noviembre:

“La nueva misión de la oficina [es decir de la Congregación del Culto Divino] es probable sea ceñirse más al propio punto de vista litúrgico de Francisco, que se resume en los principios: ‘Cumpla las normas. No le dé tanta importancia. Y recuerde que la liturgia siempre es un medio para un fin, no es un fin en sí misma.'”

Ese es el error en pocas palabras: la liturgia es un medio, no un fin. No estoy seguro quién está detrás del seudónimo que firma el artículo, pero espero no sea su obispo o pastor. El peor día que puede amanecer para cualquier católico es el día en que el sacerdote que celebra la Misa se le meta en la cabeza que lo que está haciendo es sólo un medio para un fin mayor. Por el contrario, expresando siglos de tradición ininterrumpida, el Concilio Vaticano II declaró que “el sacrificio eucarístico” es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium 11), que junto con la Sacrosanctum Concilium tratan este punto:

“la Liturgia, por cuyo medio ‘se ejerce la obra de nuestra Redención’, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia…Realmente, en esta obra tan grande [la liturgia] por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno..En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia… la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor”

Todo el trabajo de la Iglesia deriva de y se ordena a  la celebración de la Sagrada Liturgia. Si no entendemos esto correctamente, no vamos a obtener nada; todo nuestro trabajo se verá comprometido, incluso envenenado. Si, sin embargo, nuestra casa está en orden, nuestra adoración es solemne, reverente, hermosa, edificante y nutritiva, dando gloria a Dios, que merece toda nuestra adoración, alabanza, acción de gracias, y ruego, entonces el resto de la misión de la Iglesia puede fluir libremente y regar el mundo, como el agua corriendo por una ladera de la montaña.

Fuente: http://www.adelantelafe.com/

Discurso completo del Papa Francisco al Parlamento Europeo

 

 

 

ESTRASBURGO, 25 Nov. 14 / 10:26 am (ACI).- El Papa Francisco dirigió este martes un discurso al Parlamento Europeo en su sede de Estrasburgo (Francia) en el que llamó a poner como centro del desarrollo la sacralidad de la persona humana, así como recuperar la identidad del continente, cuya historia está unida profundamente con el cristianismo. 

A continuación el texto completo del Papa:

Señor Presidente, Señoras y Señores Vicepresidentes,

Señoras y Señores Eurodiputados,

Trabajadores en los distintos ámbitos de este hemiciclo,

Queridos amigos

Les agradezco que me hayan invitado a tomar la palabra ante esta institución fundamental de la vida de la Unión Europea, y por la oportunidad que me ofrecen de dirigirme, a través de ustedes, a los más de quinientos millones de ciudadanos de los 28 Estados miembros a quienes representan. Agradezco particularmente a usted, Señor Presidente del Parlamento, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los miembros de la Asamblea.

Mi visita tiene lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II. Muchas cosas han cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo. No existen los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que «Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia».

Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos «eurocéntrico». Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha.

Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento.

Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida.

Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente.

Quisiera subrayar, ante todo, el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: «dignidad» y «trascendente».

La «dignidad» es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente, dando lugar al concepto de «persona».

Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos.

Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, che non tiene el trabajo que le otorga dignidad?

Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos.

Es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales - estoy tentado de decir individualistas -, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» ((μον?ς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor.

Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma.

Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias.

Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado; significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno.

Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor.

Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones.

A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica.

El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos, los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer.

Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica», que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios». Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Al contrario, afirmar la dignidad de la persona significa reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio.

Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad, de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad.

Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes?

Para responder a esta pregunta, permítanme recurrir a una imagen. Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas.

El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende.

Precisamente a partir de la necesidad de una apertura a la trascendencia, deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento. En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona.

Por ello, quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la IglesiaCatólica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque «es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia».

A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos.

El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. En realidad, toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor.

En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo.

Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. Es preciso recordar siempre la arquitectura propia de la Unión Europea, construida sobre los principios de solidaridad y subsidiariedad, de modo que prevalezca la ayuda mutua y se pueda caminar, animados por la confianza recíproca.

En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia, la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece.

Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales.

Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles.

Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión. Numerosas son las potencialidades creativas de Europa en varios campos de la investigación científica, algunos de los cuales no están explorados todavía completamente. Baste pensar, por ejemplo, en las fuentes alternativas de energía, cuyo desarrollo contribuiría mucho a la defensa del ambiente.

Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología. En efecto, esta tierra nuestra necesita de continuos cuidados y atenciones, y cada uno tiene una responsabilidad personal en la custodia de la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. Por eso la debemos amar y respetar. «Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la "custodiamos", no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar».

Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes.

El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos.

Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales.

Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos.

Señor Presidente, Excelencias, Señoras y Señores Diputados:

Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado.

Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional.

A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. Sabiendo que «cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva».12 Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena.

Un autor anónimo del s. II escribió que «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo». La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación humana común que constelan el Continente.

Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos.

Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente.

Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira y defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad.

Gracias.

Fuente: ACI Prensa.

El Papa nombra al cardenal Robert Sarah nuevo Prefecto de Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos

 

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El Vatican Information Service ha hecho público hoy el nombramiento de S.E.R. Cardenal Robert Sarah, de 69 años de edad, como nuevo Prefecto de la Congregación para el Culto Vidino y la Disciplina de los Sacramentos. El cardenal de Guinea Conakry (África) sucede en el cargo a S.E.R. Cardenal Antonio Cañizares, actual arzobispo de Valencia. El dicasterio está encargado de la mayoría de los asuntos relacionados con la Liturgia de la Iglesia Católica y el ritual de los Sacramentos. El cardenal Sarah era hasta ahora Presidente del Consejo Pontificio Cor Unum.

(InfoCatólica) El cardenal Sarah nació en 1945 en la Guinea Francesa. Sus estudios iniciales fueron en Ourous, en 1957, entró en el Seminario de Bingerville, en Costa de Marfil. 

Fue ordenado sacerdote el 20 de julio de 1969 a la edad de 24 años. Incardinado en la diócesis de Conakri. Fue nombrado como Arzobispo Metropolitano de Conakri el 13 de agosto de 1979 por el papa Juan Pablo II a la edad de 34 años. Recibió su consagración episcopal el 8 de diciembre de 1979 por el cardenal Giovanni Benelli. Mons. Sarah sirvió como ordinario de la Arquidiócesis de Conakri hasta su nombramiento por el papa Juan Pablo II como Secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el 1 de octubre de 2001.

El cardenal Sarah fue designado como presidente del Pontificio Consejo "Cor Unum", reemplazando al cardenal Paul Cordes, que había renunciado por su avanzada edad. Cordes había sido presidente desde 1995. 

El 20 de noviembre de 2010, el papa Benedicto XVI lo cardenal cardenal de San Juan Bosco in Via Tuscolana.. El 29 de diciembre de 2010,  fue nombrado miembro de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, del Pontificio Consejo para los Laicos y el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz.3

La Congregación

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Congregatio de Cultu Divino et Disciplina Sacramentorum) es una congregación de la Curia Romana que está encargada de la mayoría de los asuntos relacionados con la Liturgia de la Iglesia Católica y el ritual de los Sacramentos. Surgió de la fusión de la S. C. para la Disciplina de los Sacramentos y la S.C. para el Culto Divino. 

Es la sucesora directa de la Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos (Sacra Congregatio de Disciplina Sacramentorum) (1908-1969).

Competencias

Las competencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina vienen dictadas por los artículos 62-70 de la Constitución apostólica Pastor bonus. Esta Congregación se dedica principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium. Además, fomenta y tutela la disciplina de los sacramentos para que su celebración se válida y lícita y denuncia los abusos que se cometen en la liturgia. Por otro lado, debe velar para que los fieles participen más activamente en la sagrada liturgia. Según el artículo 64:

Provee a la elaboración y corrección de los textos litúrgicos: revisa y aprueba los calendarios particulares y los Propios de las Misas y de los oficios de las Iglesias particulares, así como los de los institutos que gozan de ese derecho. Revisa las traducciones de los libros litúrgicos y sus adaptaciones, preparadas legítimamente por las Conferencias Episcopales. Por último, regula el culto de las sagradas reliquias, la confirmación de los patronos celestiales y la concesión del título de basílica menor. Mediante el Motu Proprio Quaerit semper el Santo Padre Benedicto XVI modificó la Constitución apostólica Pastor bonus y trasladó al Tribunal de la Rota Romana las competencias de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación.

Fuente: InfoCatólica.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Retornan las celebraciones ad orientem para el Adviento en la diócesis de Lincoln

 

Retornan las celebraciones ad orientem para el Adviento en la diócesis de Lincoln

 

 

[Notions Romaines] La diócesis de Lincoln, en Nebraska (USA) es conocida por sus posiciones más bien tradicionales. El obispo emérito, Mons. Fabian Bruskewitz, administra siempre la tonsura a los seminarista de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro (FSSP), que tiene su seminario norteamericano en la Diócesis. La Diócesis recoge vocaciones, cuenta con escuelas verdaderamente católicas y familias que literalmente se mudan allí para poder vivir una vida católica tradicional. La diócesis de Lincoln representa, junto con la de Tulsa y Oklahoma City un oasis en el seno del catolicismo americano.

Mons. James Conley, el sucesor de Mons. Bruskewits, acaba de anuncia en una larga carta pastoral vía la revista diocesana que para el Adviento de este año, el santo sacrificio de la Misa en la Catedral será celebrado ad orientem, al igual que la misa del gallo que será celebrada por Su Excelencia. Mons. Conley recuerda en su carta que todos estaremos vueltos hacia el Señor en una misma dirección, hacia el Oriente, una dirección altamente simbólica adoptada por los primeros cristianos, puesto que el amanecer del sol al este representaba el retorno de Cristo.Ofrecemos un extracto de la carta pastoral:

Remontándonos a los primeros tiempos, los cristianos se volvían hacia el este durante el sacrificio de la misa para recordar la próxima venida de Cristo. Juntos, el sacerdote y los fieles, permanecían girados hacia el este esperando el retorno del Señor. Incluso en las iglesias que no estaban orientadas hacia el este, el sacerdote y los fieles se giraban en una misma dirección en la misa, contemplando a Cristo sobre el crucifijo, en el altar y en el tabernáculo, recordando así la importancia de velar por  Su regreso. El simbolismo del sacerdote y los fieles vueltos ad orientem -hacia el este- es un antiguo recuerdo de la segunda venida de Cristo.[…]Durante los domingos de Adviento, los sacerdotes de la catedral celebrarán la misa ad orientem. Junto al pueblo de Dios, los sacerdotes mirarán cara al altar y al crucifijo. Cuando yo celebre la misa de medianoche de Navidad, celebraré igualmente ad orientem. Esto podrá verse igualmente en diferentes parroquias en la diócesis de Lincoln.Con la postura ad orientem en la misa, el sacerdote no está de espalda a los fieles. Estará con ellos, entre ellos, encabezándolos, vueltos hacia Cristo, esperando Su retorno.

“Tened cuidado,” dijo Jesús, “permaneced despiertos, porque no se sabe cuándo será el tiempo“. No sabemos cuando será el momento adecuado para el regreso de Cristo.Pero debemos estar despiertos por Él. Que juntos estemos “mirando hacia el este“, a la espera de Cristo en el Santo Sacrificio de la Misa y en nuestras vidas.

Fuente: http://www.adelantelafe.com/

martes, 18 de noviembre de 2014

Mons. Guillermo Steckling: Por qué soy misionero y sacerdote

 

Mons. Guillermo Steckling, nuevo Obispo de Ciudad del Este (Paraguay)

 

Como joven misionero me enteré de la generosidad de cierto cura párroco. Había ayudado a un joven que le hacía pequeños servicios proporcionándole una buena formación profesional. El joven llegó a ser un buen mecánico - pero parece no tan buen cristiano. Me quedé con la cuestión: si se había puesto el mismo empeño en la buena formación cristiana de este joven que se había puesto en su formación profesional, ¿no habríamos tenido un buen cristiano más aunque tal vez un buen mecánico menos?
Reflexionando más me preguntaba entonces: y yo mismo, ¿estoy suficientemente convencido que es principalmente la fe en Jesús - el Salvador, el enviado por Dios - la que trae el bienestar en su sentido más completo? Todo progreso en una persona y en la sociedad depende de aquella vida plena que comienza con la sanación de nuestra relación con Dios, para luego dinamizar todos los aspectos de la vida humana.
En mis recientes vacaciones, el cura párroco de mi pueblo me regaló un libro del autor inglés Gilbert K. Chesterton, titulado "Ortodoxia". Chesterton lo escribió en 1907, un poco antes de su conversión a la iglesia católica. Han pasado más de 100 años y sin embargo, su pensamiento sorprende por su actualidad, especialmente en cuanto al diálogo con la mentalidad secular, y tiene el beneficio adicional de una pizca de humor. Cito aquí unos párrafos que me llamaron la atención:

 

"Escuché decir a científicos (aunque no eran enemigos de la democracia), que vicios y delincuencia desaparecerían si proporcionáramos a los pobres condiciones de vida más saludables. Los escuchaba con un encantamiento lleno de espanto, con una fascinación aterrorizada. Porque esta gente era como alguien que corta con todo su empeño la rama en la cual está sentado. Estos magníficos demócratas, al probar su tesis estarían dando la puñalada fatal a la democracia.
Sólo la iglesia cristiana ofrece una objeción racional a la confianza incondicional en los ricos. Porque desde el principio ha argumentado queel peligro no está en el ambiente en que vive el hombre sino que hay que mirar al ser humano mismo; y que, si se habla de ambiente peligroso, el más peligroso es el ambiente cómodo.
Ahí vimos que una doctrina que parece particularmente anticuada es el único garante de todas las nuevas democracias y que la misma, aunque parece menos cercana al pueblo, es la única lo alienta. Vimos entonces que la afirmación del pecado original es la única negación lógicamente coherente de la oligarquía.
"
Cierto, el lenguaje tal vez nos resulta estraño hoy en día. ¡Ojalá que nos haga al menos pensar un poco!
Para mí se expresa aquí la razón por la cual me hice misionero y sacerdote.

 

  • Quede claro que todos debemos ocuparnos de tanto sufrimiento que experimentan los que se han empobrecido, debemos apoyarlos en la búsqueda de salud, justicia, representación política, educación. No hacerlo sería traicionar la caridad cristiana. 
  • Pero al hacerlo no podemos olvidar lo que verdaderamente pone en peligro y empobrece a la persona; eso "no está en el ambiente en que vive el hombre sino que hay que mirar al ser humano mismo". Necesitamos sobre todo superar esta realidad que se llama pecado y "pecado original" y vivir en amistad con Dios. Es por esta convicción que me hice misionero y sacerdote.
  • Y cierta frase de Chesterton se aplica particularmente a nosotros mismos, los misioneros: "si se habla de ambiente peligroso, el más peligroso es el ambiente cómodo".

     

    Como parte de mis vacaciones acabo de pasar un mes en Aix en Provenza, Francia, en la misma casa que ha sido la cuna de nuestra congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Ayudé en una sesión de formación permanente. Uno de los animadores dijo en un cierto momento que nuestra tradición espiritual oblata tiene cualidades terapéuticas (1). A varios del grupo le gustaba este pensamiento.
    Sí, aquel don del Espíritu Santo que tenía San Eugenio de Mazenod, nuestro fundador, es terapéutico del ser humano mismo. Su carisma de combinar una total entrega a Cristo con el amor a los que se encuentran en situación de abandono y pobreza, y con una vida comunitaria de estilo familiar, llega a sanar lo más profundo de la condición humana. No se queda en una cura superficial.
    Aún buscando de vivir eficazmente la caridad cristiana mediante varias formas de asistencia, no nos olvidemos nunca que el cristiano es misionero. Urge compartir el tesoro más precioso del que somos herederos: la relación de fe y amistad con Jesús. Él, Hijo de Dios y hombre nuevo, es Salvador, Salud y Vida para todo el que cree. El resto seguirá, y no es al revés.

     

    (1) ver el librito de Tomás Keating, La condición humana.

    Publicado por Mons. Guillermo Steckling.